¿Qué repertorio musical se debería trabajar en los conservatorios?
Creo que la educación musical profesionalizante, la que tradicionalmente se da en los conservatorios, debería tener como principio constituyente la comprensión de la música como arte. Y si no es en los conservatorios, desde luego debería haber centros prominentes y accesibles que defiendan esta visión. Uno de los propósitos de este proyecto es intentar conjugar qué significa e implica el arte en la música y en su pedagogía.
No es mi pretensión aquí definir de forma tajante qué es el arte y por qué es importante, pues sería una misión ingenua y contraproducente. Puede que sea mejor, por ejemplo, determinar qué no es Arte o definir algunas características esenciales de cualquier manifestación artística musical. Los aspectos que expongo a continuación, así como su clasificación, no son categóricos, sino que sirven como puntos de referencia para el desarrollo de las ideas sobre el tema.
Como punto de partida, propongo tres formas de entender la música hoy: música artística, música comercial, y música popular. No son totalmente independientes, pero tienen cierta entidad propia. Estas son categorías pertenecientes a nuestro tiempo, ya que aplicar esta lógica a otros contextos históricos y socioeconómicos sería caer en el error, pues las situaciones son totalmente distintas. Esta es una propuesta de las características que, total o parcialmente, componen estas tres formas de ver la música.
La música artística es creatividad y artesanía; busca la calidad, la integridad, lo sublime (y la sublimación), la trascendencia; de un carácter innovador y original, y, por lo habitual, procedente o con influencia del mundo académico. El arte es amor por la sensibilidad y la curiosidad; es amor por la Belleza -con toda su sutileza y pasión, piedad y crueldad, dulzura y dureza-, por el goce mediado (en lugar de la satisfacción inmediata). Tiene su sentido en que propone, aporta, exige, en que nos lleva más allá de lo que damos por seguro. La importancia del arte es que, mediante su existencia -y su persistencia-, permite la posibilidad de lo diferente, lo nuevo, lo otro; en definitiva, de la libertad.
La música comercial busca encontrar las fórmulas del éxito, música que proporcione beneficios económicos o la fama. En esta visión existe la noción de que la popularidad equivale a la calidad, la Belleza se confunde con lo bonito, cómodo y agradable. Aquí la familiaridad juega un papel capital, pues el producto comercial debe ser fácilmente reconocible, comprensible y disfrutable para el receptor, aportando las cantidades mínimas necesarias de diferencia, novedad o innovación para que el resultado no sea una imitación calcada a otros ejemplos existentes; el resultado, sin embargo, visto desde una lente más amplia, es que estas obras son copias unas de otras.
La música popular sería, hasta hace unas décadas, la música tradicional de cada comunidad, con una evolución histórica relativamente lenta. Esta evolución ocurre de forma casi imperceptible e inconsciente, y se basa en una formación informal de la música. Sin embargo, hoy en día los ejemplos que no se han visto total o parcialmente condicionados por el estilo tonal y el pop occidental son muy reducidos (podríamos hablar de colonialismo cultural). De todas formas, muchas manifestaciones musicales de los últimos 70 años (del rock, punk…) podrían encajar con una característica no-comercial, de expresión popular, cultural y “sincera”, y, al igual que la tradicional, con una evolución “inconsciente” y de formación más bien informal.
No significa que toda creación con pretensiones artísticas pueda considerarse una obra de arte, ni que una obra comercial no pueda tener cualidades artísticas; a veces la creación desafía las ideas del propio creador. Asimismo, debido a la omnipresencia de la música comercial, la mayor parte de la actual música popular es básicamente una versión individual o local de la música comercial.
Creo que, al pensar en ejemplos concretos, no es demasiado útil clasificarlos como música artística o comercial o popular, sino que, al menos en ciertos aspectos, es más interesante hablar de gradación. Así, podríamos hablar de si una obra es más o menos artística, y más o menos comercial; creo que, en cierto sentido, la visión artística y comercial sí son antagónicas, pero no ocurre así con la música popular respecto a la artística y comercial. Sin embargo, como decía antes, cada vez es más difícil distinguir la música popular de la comercial.
En referencia a la aplicabilidad histórica de esta clasificación que he comentado al comienzo de esta publicación, creo que donde hay que tener cuidado es en la cualidad de música comercial. Es absurdo hablar de música comercial antes del siglo XIX, pues la música no generaba beneficios económicos. Es precisamente en la época del apogeo burgués, el siglo XIX, donde empieza a establecerse un canon musical, donde nacen los “grandes éxitos” (tanto de la música artística como de la popular), y donde los teatros y el “gran público” empiezan a dominar la producción musical; sin ser este aún el momento de explosión de la música comercial, sí sentó las bases para que en el siglo XX y XXI, mediante la capacidad de producción y difusión en masa, la música se convirtiera en objeto comercial, condicionándola así -y cada vez con más fuerza- a las leyes de mercado. Uno de los peligros de la visión comercial de la música es que, además de crear música con fines comerciales (buscando fórmulas y repitiendo hasta la saciedad), hace comercial música ya existente, comprometiendo su integridad, y, gracias a su omnipresencia y expansionismo, alterando la percepción sobre la misma por parte de nuevos receptores.
En este panorama, defiendo la promoción y la centralidad de la noción artística de la música en la educación musical, siendo especialmente importante en la enseñanza profesionalizante. La música popular (en su versión menos comercial) es, como mínimo, respetable, y de importante trabajo en la educación básica, debido a su valor y presencia cultural; en la enseñanza artística, no toda la música popular debería trabajarse (tendrá que ver también con la historia y el contexto de uso de su instrumento), pero sí creo que debería reconocerse en toda enseñanza musical, especialmente por su importancia histórica y social. Por último, creo que la música comercial sí es un peligro para la música artística, especialmente por su expansionismo y “seductividad”; no creo que se deba ignorar su existencia, pero sí evitar su presencia en el repertorio de la enseñanza, reservando sus apariciones para la enseñanza crítica de la historia de la música contemporánea.
Dos preguntas surgen de esta exposición:
¿Qué implica enseñar la música como arte?
¿Quién decide qué es arte y qué no?

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